PICA AQUÍ, PICA ALLÁ
PICA AQUÍ, PICA ALLÁ
Pica aquí y pica allá… Dijo el filósofo callejero y desconocido que sin pedirle consejo se acercó al grupo de personas entre las que yo me encontraba. El empujaba un carro improvisado repleto de ollas y recipientes de hierro colado. Imagino, elaboradas por él mismo o qué sé yo… Pregonaba diversos diagnósticos mirando a cada uno de los que estábamos parados en esa esquina de sábado, recién salíamos de trabajar, frente a la fábrica. Parecía adivinar y reconocer nuestras personalidades con solo un vistazo, con nuestro aspecto.
Fue una consulta general y fugaz que duró algunos segundos. Lo que le tomó llevar su mercancía de una esquina a otra sobre el rechinar de las ruedas de bicicleta adaptadas a un cajón de madera con un soporte metálico dentro.
Al finalizar soltó una carcajada como si para él fuera un simple juego, y desapareció entre el bullicio de los automóviles y los transeúntes habituales del Ricaurte.
Aquel grupo de personas, en el que yo era el más joven, rompió el silencio con burlas, ofensas y muchas otras expresiones. Reacción igual de fugaz que la intervención del misterioso y abusivo filósofo, en mi opinión. De hecho creo que fui el único que se ofendió profundamente. Esas palabras retumbaron en mi cabeza como martillos queriendo romper las débiles columnas de un templo en construcción. “Pica aquí y pica allá”… Atrevido… quién es él para saber cómo soy, que sabe él de las cosas que amo y elijo. Cómo es posible que vea en mi tan profundamente sin conocerme.
Me cuestioné por horas, por días y pasaron años escuchando el tintineo de los recipientes y utensilios de cocina balanceándose en el carro de aquel “psicólogo artesanal”.
Nada gracioso fue darme cuenta un tiempo después que tenía toda la razón. Que vio en mi lo que tal vez todos veían claramente, menos yo. Asimilarlo costó, se convirtió en una obsesión. Quise cambiarlo. Intenté ser constante sin permitirme mirar a los lados de mi camino. Me obligue a transitar por un tiempo como los caballos a los que les implantan un limitante de visión de cuero para que no se distraigan o se afecten en su recorrido.
Pero no lograba sostenerlo. Siempre me desviaba y sufría, porque me encantaba meter las narices en cuanta cosa conocía. Inútilmente me autoflagelaba, me autosaboteaba y lloraba internamente. Estúpido dolor. Yo decidía caminar sobre vidrios rotos solo por ese volátil comentario.
Debió pasar una vida entera para entender. No sé dónde está ese personaje. No sé quién era. Tampoco sé cuántas cocinas intervino con su arte. No sé en cuántas recetas caseras fue el protagonista con sus ollas y recipientes. Pero si sé que le dio un motivo más a mi vida.
Descubrir que tenía razón y que nunca intentó ofenderme.
Soy así porque así soy. Es mi forma de entender la vida y el mundo. Lo que sucede es que reconocerse a sí mismo siempre sonará a ofensa, más si viene de una persona totalmente desconocida y sin ninguna pretensión. Era más sencillo de lo que imagine.
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Cunto publicado en el libro "El misterio del cielo son los angeles", recopliación de cuentos de escritores independientes y aficionados de Sopó (Cund, Col,).





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